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Después de NAÍN

Hace apenas una semana escribí sobre las canciones que durante décadas han narrado la vida de jóvenes atrapados por la violencia. No imaginaba entonces que, pocos días después, una de esas canciones terminaría funcionando casi como el epílogo de uno de los jefes criminales más visibles del Caribe colombiano.

Naín Andrés Pérez Toncel, alias Bendito Menor, tenía sus propios corridos. En El Bendito Menor, de Felipe Silva, su trayectoria aparece convertida en una historia de ascenso. La de un muchacho humilde que creció entre la Sierra Nevada y el Caribe, comenzó desde abajo, aprendió al lado de alias Pinocho, pasó por el sicariato y ascendió dentro de las Autodefensas Conquistadoras de la Sierra Nevada. El relato continúa con su llegada al Frente Javier Cáceres, el control territorial, las rutas, la extorsión, los cargamentos y, finalmente, la exhibición pública del poder.

El corrido convierte así una trayectoria criminal en una historia de movilidad social y contribuye a construir una narrativa de posicionamiento. Naín tenía apenas 26 años. Y mencionarlo importa porque entre el joven que comenzó en los niveles inferiores de una organización criminal y el comandante capaz de disputar públicamente la autoridad del Estado transcurrieron muy pocos años.

En columna titulada La palabra de los muertos escribí que comprender y explicar las circunstancias que rodean la violencia no significa excusarla ni mucho menos justificarla. Podemos reconocer las condiciones sociales, familiares, económicas y territoriales que influyen en determinadas trayectorias y, al mismo tiempo, mantener intacta la responsabilidad de quien decide amenazar, extorsionar, matar o someter a otros.

Con frecuencia pensamos en el criminal cuando ya han pasado años desde las primeras decisiones y los primeros espacios en los que una organización logró ofrecerle reconocimiento, pertenencia, dinero y poder. En Vivir para ver los 24 en el “paraíso de los gánsteres” intentaba mirar precisamente ese momento anterior. Cómo las organizaciones armadas y criminales han aprendido que no siempre necesitan reclutar a adolescentes mediante el miedo y que también pueden hacerlo mediante el deseo, ofreciendo dinero, motocicletas, armas, prestigio, pertenencia y la posibilidad de dejar de ser invisible frente a jóvenes para quienes los caminos legales hacia esos mismos objetivos parecen extraordinariamente largos o, sencillamente, inexistentes.

El corrido de Naín permite observar el otro extremo de esa trayectoria. Nos muestra al hombre en el que ese adolescente podría imaginar que algún día puede convertirse. Por eso importaban las caravanas, las motocicletas, los videos y su capacidad de recorrer públicamente el territorio mientras sobre él pesaban órdenes de captura y recompensas. Podían parecer simples gestos de ostentación o incluso de inmadurez asociada a su edad, pero eran también una puesta en escena del poder.

Michel Foucault nos enseñó a pensar el poder no como algo que simplemente se posee, sino como algo que se ejerce y produce efectos sobre las relaciones sociales. Desde esa perspectiva, cada aparición pública transmitía un mensaje. Quién podía circular, mostrarse armado, desafiar a las autoridades y, sobre todo, hacerlo aparentemente sin consecuencias.

Todos sabían que era buscado por el Estado y, sin embargo, seguía apareciendo. Su visibilidad reforzaba una percepción de autoridad y convertía la ilegalidad no solo en fuente de ingresos, sino también en una vía hacia el reconocimiento y el prestigio.

Pero ese fenómeno no habla únicamente de Naín. También revela el grado de consolidación territorial alcanzado por las Autodefensas Conquistadoras de la Sierra Nevada. En sectores de los departamentos del Magdalena, La Guajira y Cesar, su presencia no se ha limitado al despliegue armado. Han buscado regular la movilidad, imponer normas, cobrar rentas, administrar castigos e intervenir en conflictos, hasta lograr que comunidades enteras reconozcan (por miedo, necesidad o conveniencia) la existencia de una autoridad paralela.

Por eso la muerte de Naín no debería minimizarse. El Estado tiene la obligación de perseguir a las organizaciones criminales, recuperar el control territorial y proteger a las comunidades sometidas a sus reglas. No existe paz territorial posible allí donde hombres armados pueden decidir quién comercia, quién circula, quién paga, quién permanece o quién debe abandonar un territorio.

Su muerte representa un golpe operativo para las Autodefensas Conquistadoras, pero también uno simbólico contra la narrativa de invulnerabilidad que él mismo había contribuido a construir. Durante mucho tiempo el mensaje fue que podía mostrarse y que el Estado no podía alcanzarlo y finalmente lo alcanzó.

Pero la reacción de las propias ACSN dice mucho sobre lo que permanece. En el comunicado divulgado por su Estado Mayor después de su muerte, la organización no presenta a Naín como un hombre apartado de sus filas ni como una disidencia. Por el contrario, reconoce expresamente su muerte como “un golpe a nuestra organización”. Esto no permite descartar tensiones internas, pero sí indica que, al menos públicamente, no habían desembocado en una ruptura con la estructura.

El documento también anuncia que no habrá retaliaciones, llama a la población de Magdalena, La Guajira y Cesar a mantener la calma, pide respeto por la vida incluso de los integrantes de la Fuerza Pública y sostiene que cualquier proceso de paz, sometimiento a la justicia o desmovilización debe desarrollarse por canales institucionales y dentro del marco constitucional y legal.

Sería apresurado leer esas palabras como un anuncio de sometimiento, pero tampoco parecen irrelevantes. En medio de la creciente presión estatal y del deterioro de los espacios de interlocución, las ACSN parecen enviar un mensaje también al Gobierno, pese al golpe, continúan existiendo como actor organizado y mantienen abierta la posibilidad de una salida institucional.

Pero hay algo más. Con el mismo comunicado vuelven a presentarse ante la población como una estructura capaz de ordenar que no haya retaliaciones, contener a sus hombres y pronunciarse sobre la tranquilidad de tres departamentos. Incluso después de perder a uno de sus principales comandantes, procuran proyectar continuidad, disciplina y capacidad de mando.

Después de Naín quedan hombres, redes de extorsión, contactos, corredores estratégicos, economías ilegales y relaciones construidas durante años. También quedan otros actores criminales interesados en disputar los espacios que puedan quedar disponibles. Y, principalmente, queda la promesa que representaba su propia trayectoria.

Si las Autodefensas Conquistadoras logran reemplazarlo y mantener las rentas, las redes, los corredores y el control territorial, habrá cambiado el comandante, pero no necesariamente la estructura de poder. Si, por el contrario, su muerte genera fragmentación, tampoco significa automáticamente menos violencia, un poder concentrado puede convertirse en varios pequeños poderes disputándose hombres, rentas y territorios.

Por eso no deberíamos medir la recuperación territorial solamente contando cabecillas neutralizados. Recuperar un territorio significa conseguir que ninguna organización tenga capacidad para sustituir al Estado. Y para eso el Estado debe después del operativo quedarse.

Debe permanecer la Fuerza Pública capaz de proteger a la población, pero también la justicia que investiga y sanciona. Las instituciones que protegen al comerciante que decide no pagar una extorsión. La escuela que previene la deserción del adolescente, que brinda las oportunidades educativas, culturales y laborales que construyen otros horizontes y una administración pública capaz de resolver problemas sin que las comunidades tengan que acudir al intermediario armado.

El monopolio estatal de la fuerza es indispensable, pero por sí solo no produce legitimidad. Si el poder se hace visible a través de sus efectos, el Estado también debe hacer visibles los suyos. Frente al control y la autoridad que Naín procuraba exhibir, la institucionalidad debe demostrar no solo su capacidad de fuerza, sino también la de proteger, garantizar derechos y permanecer en el territorio. No basta con demostrar que puede llegar; debe demostrar que lo hizo para quedarse

No se trata de lamentar la desaparición de un jefe criminal, ignorar el daño producido por la estructura que comandaba o convertir su juventud en una absolución. Se trata de comprender cómo se construyen esas trayectorias. Las organizaciones identifican capacidades, ofrecen incentivos, crean lealtades, permiten ascensos y producen sus propias formas de prestigio. Los territorios donde logran consolidarse crean, a su vez, las condiciones para que esas trayectorias sean posibles.

Naín alcanzó a vivir para ver los 24. También los 25 y los 26. Pero esos pocos años bastaron para que una organización criminal transformara una trayectoria individual en un poder capaz de desafiar públicamente al Estado y para que una canción pudiera contar ese recorrido como una historia de ascenso y reconocimiento.

Su muerte pone fin a esa trayectoria. No necesariamente a las condiciones que la hicieron posible. Por eso, la verdadera medida de lo que ocurra después de Naín no estará solamente en quién lo reemplace ni en la capacidad del Estado para volver a golpear a la estructura, sino en quién ejerza efectivamente la autoridad sobre esos territorios después del operativo y el espectáculo mediático.

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