
POR: GIBRAN MOÍSES PUELLO MEJÍA
Hay lugares que dejamos de habitar, pero que siguen viviendo en nosotros. Todavía recuerdo el sonido de la madera bajo mis pasos, las tardes que se convertían en noches entre amigos y familiares en el balcón, y el rumor de las olas que podía escuchar apenas salía de casa. Hoy, mientras una parte de aquella antigua casona ubicada en la calle 3 con carrera 5, en el centro histórico de Riohacha, desaparece, me pregunto qué sucede con la memoria de una ciudad cuando dejamos que sus espacios también se pierdan.
Riohacha, La Guajira | Octubre de 2026
Hay casas que uno deja de habitar, pero que nunca terminan de abandonarnos.
Todavía recuerdo el sonido de la madera cuando caminaba por algunos lugares de aquella casa. Era un sonido particular, de esos que con los años dejan de pertenecer únicamente a un espacio y terminan convirtiéndose en parte de nuestros recuerdos.
También recuerdo las tardes que se alargaban hasta convertirse en noches, mientras compartíamos con amigos y familiares en el balcón. Eran momentos sencillos, de conversaciones y compañía, que entonces parecían cotidianos y que hoy adquieren otro significado.
Y estaba el mar.
Bastaba salir de la casa para escuchar la brisa y el vaivén de las olas. Esa cercanía con el mar, tan propia de Riohacha, hacía parte del ambiente en el que transcurrían nuestros días. No necesitábamos verlo a cada instante para sentir su presencia.
Entre 1998 y 2001, aproximadamente, viví parte de mi infancia en esa antigua casona de la calle 3 con carrera 5, en pleno centro histórico de Riohacha. Hoy, cuando observo las imágenes de su deterioro y del derrumbe de parte de su estructura, vuelven a mí esos sonidos, esos encuentros y la sensación de haber pertenecido a un lugar que ya no existe de la misma manera.
No se trata únicamente de paredes antiguas, balcones de madera o techos que han resistido durante décadas. Se trata de comprender que los espacios donde transcurre nuestra vida cotidiana también guardan una parte de lo que somos.
Una casa, muchas vidas
Las fotografías de la casona permiten reconocer algunos de los elementos que caracterizaron la arquitectura tradicional de Riohacha: sus amplios corredores, las puertas altas, los balcones de madera y las fachadas que todavía conservan señales de distintas épocas.
Durante años, la edificación también tuvo una vida comercial. Sus espacios fueron adaptándose a las necesidades de quienes la ocuparon, mientras la ciudad cambiaba a su alrededor.
Pero cuando pienso en esa casa, antes que una construcción antigua, recuerdo un lugar habitado.
Recuerdo el balcón como un espacio de encuentro. Recuerdo la madera bajo mis pies. Recuerdo que, al salir, el sonido del mar nos recordaba que vivíamos en una ciudad cuya historia siempre ha estado ligada a sus aguas.
Esa es, precisamente, una de las características más importantes de estas construcciones: no son piezas aisladas del pasado. Han sido viviendas, negocios, lugares de encuentro y escenarios de historias familiares.
En ellas transcurrieron infancias, conversaciones y experiencias que difícilmente aparecen en los documentos oficiales sobre la historia de una ciudad.
Yo conocí esa casa desde adentro. Por eso, al observar las fotografías actuales, no puedo verla solamente como una estructura deteriorada.
También veo un lugar que hizo parte de mi vida.
Cuando una ciudad pierde sus recuerdos
El deterioro de esta casona me lleva a una pregunta que va mucho más allá de su estado físico: ¿qué sucede con la memoria de una ciudad cuando desaparecen los lugares que nos permiten reconocer su pasado?
Riohacha posee una historia que se expresa en sus calles, sus edificaciones tradicionales, sus prácticas culturales y las relaciones que sus habitantes hemos construido con el territorio.
En mi memoria, esa relación también tiene sonidos. El crujir de la madera y el movimiento de las olas son parte de una misma experiencia de ciudad.
Sin embargo, conservar esa historia requiere algo más que evocarla con nostalgia.
La protección del patrimonio arquitectónico demanda conocimiento, recursos, mantenimiento y una responsabilidad compartida entre propietarios, autoridades y ciudadanía.
También exige reconocer las dificultades que implica conservar edificaciones antiguas. No siempre sus propietarios cuentan con los medios económicos o técnicos necesarios para mantenerlas en condiciones adecuadas.
Por eso, hablar de patrimonio no debería convertirse en una búsqueda apresurada de culpables. Debería abrir una conversación sobre las herramientas que existen para evitar que otras construcciones lleguen a situaciones similares.
El patrimonio también necesita futuro
Una ciudad no conserva su identidad únicamente a través de monumentos o fechas conmemorativas.
La conserva cuando reconoce el valor de sus espacios cotidianos, cuando documenta sus transformaciones y cuando encuentra formas de proteger aquello que todavía permanece.
El patrimonio arquitectónico no tiene por qué ser incompatible con las necesidades de una ciudad contemporánea. Por el contrario, puede formar parte de sus oportunidades culturales, educativas, turísticas y económicas.
Pero para lograrlo se necesitan decisiones oportunas.
No basta con lamentar la pérdida de una casa cuando su estructura ya ha cedido. Es necesario preguntarse cuántas edificaciones tradicionales presentan condiciones de deterioro, cuáles cuentan con protección y qué posibilidades reales tienen sus propietarios de conservarlas.
También debemos preguntarnos qué historias estamos dejando de escuchar.
Porque cada edificio antiguo guarda experiencias que no siempre quedaron escritas, pero que permanecen en la memoria de quienes lo habitaron.
Lo que queda después de una casa
No sé si una fotografía pueda contener todo lo que significa un lugar para alguien.
Las imágenes muestran el estado de una edificación, sus colores, sus balcones y las partes que han desaparecido. Pero no pueden mostrar por completo las vidas que transcurrieron allí.
En alguna parte de mi memoria todavía puedo escuchar la madera cuando caminaba por la casa. Puedo recordar aquellas tardes y noches en el balcón, la compañía de familiares y amigos, y el sonido de las olas que llegaba desde el mar.
La casa que conocí durante mi infancia ya no es la misma. Tampoco lo soy yo.
Y quizás por eso su deterioro me invita a pensar en algo que pocas veces consideramos mientras caminamos por las calles de nuestra ciudad: los lugares que hoy parecen formar parte permanente del paisaje también pueden desaparecer.
Conservar el patrimonio no significa detener el tiempo. Significa reconocer que nuestro pasado merece tener un lugar en el presente y que las nuevas generaciones tienen derecho a conocerlo.
Ojalá la historia de esta casona no termine únicamente en las imágenes de su derrumbe.
Ojalá sirva para que Riohacha vuelva la mirada hacia sus edificaciones tradicionales, hacia quienes todavía las habitan y hacia las memorias que se encuentran detrás de sus puertas.
Porque cuando una casa antigua desaparece, no solo cambia una calle.
También se transforma la manera en que una ciudad puede recordar quién ha sido.
Y aunque la madera deje de sonar bajo nuestros pasos, todavía nos queda la responsabilidad de escuchar lo que esos lugares tienen para contarnos.
Gibran Moíses Puello Mejía





